SIGNIFICACIÓN DE FÉLIX VARELA EN LA RENOVACIÓN
DEL PENSAMIENTO CUBANO

Por Rosario Rexach

 

Es indudable que tuvo Félix Varela una influencia desusada en la renovación del pensamiento cubano.  Pero lo que hay que destacar no es que la tuviese, sino cómo la tuvo.  Y este cómo, no se refiere sólo al impacto de sus ideas en la formación de varias generaciones sino a la rapidez y extensión con que dicha influencia se estableció.  Suelen los humanos creer que lo que se produce de modo excepcional se debe a lo que es fortuito.  No es así.  En el caso de Varela su influencia hay que verla desde muchos puntos de vista.  El primero, éste.  Estableció su influencia –y de modo predominante– cuando aun era muy joven y ni siquiera se había planteado el ejercerla.  Tal vez porque si lo que se busca deliberadamente –como sugiere la Biblia en uno de sus salmos– escapa a su plena realización.  Porque no debe olvidarse que Varela estudia para sacerdote, no para profesor.  La enseñanza se le adscribe como un deber más que se le señala dentro de su misión como sacerdote.  Y es su superior jerárquico, el obispo Espada –de tan grata recordación– el que lo pone en esa senda.  Tenía apenas veintidós años cuando comienza su labor magisterial.  Y aquí es donde ocurre el primer hecho singular de su vida tan llena de sorpresas.  El joven profesor que simplemente ha sido invitado y hasta ordenado para que sustituya a un profesor en la cátedra porque debe marcharse a España, descubre entonces –sin habérselo propuesto– que su otra gran vocación además de la de sacerdote era la de maestro, y de maestro ejemplar por añadidura.  Muchos dirán que eso era obvio resultado porque si se le había invitado a enseñar era porque había sido un eminente estudiante.  Por supuesto que es así.  Pero estudiantes eminentes han devenido profesores sin penas ni gloria.  Otro u otros hechos y aptitudes había en el joven iniciado para que sucediese lo que sucedió.  Que tenía gran talento no hay duda.  Pero hombres de talento ha habido y hay muchos en el profesorado sin que hayan dejado huella.  Así pues, hay que indagar en otras zonas la causa de su rápida, inusitada e indeleble influencia.  Aquí trataré de sugerir, sólo sugerir, pues no hay tiempo para más, lo que determinó esa influencia.

Y lo primero que quiero señalar es algo que pocas veces se ha dicho con suficiente énfasis, pero que hay que decir, y que es lo que en gran medida ha estado siempre presente en toda la cultura cubana.  Y que es la actitud anti-dogmatica, no academicista, en suma, no escolástica en el más amplio sentido.  Porque siempre ha creído el hombre nacido en Cuba, o en ella aclimatado –porque existe la aclimatación cultural, el “aplatanamiento” para designarlo con la voz popular cubana– una actitud rebelde a todo lo que se le ordene desde fuera sin su plena aquiescencia.  Por eso hemos sido un pueblo de rebeldes, no siempre con buen sentido, dicho sea de paso.

Varela, al acudir al Seminario absorbió –posiblemente sin darse cabal cuenta– esta actitud espiritual y cultural.  Algunos de sus maestros la transparenta en sus obras, especialmente el Padre José Agustín Caballero.  Y no debe olvidarse esto otro.  Que cuando se renovaron en 1769 los estatutos del antiguo Seminario de San Ambrosio que luego se llamaría de San Carlos en honor de Carlos III, se encomendó la redacción de los nuevos a un sacerdote de origen cubano, el obispo Don Santiago Hechevarría y Elguezua.  Y en ellos, en su artículo sexto, se dice esto referente a los textos que han de usarse: “sin jurar ni hacer particular secta de su doctrina, sino enseñando las que le parezcan más conformes a la verdad según los nuevos experimentos que cada día se hacen”.

Se formó pues, Varela, en una atmósfera de libertad intelectual.  Pero en él la actitud se arraigó en forma tal que sería quien verdaderamente la llevaría a su pleno desarrollo.  Para lograrlo –como todos saben– desterró la costumbre que al principio tuvo que seguir de enseñar todo en latín.  Valientemente introdujo la enseñanza en español pese a que dominaba la lengua de la Iglesia en forma tan fluida que asombraba a sus oyentes.  Pero no era él hombre para lucirse –carecía del pecado de la vanidad– porque su afán era servir, y para servir bien a sus discípulos debía ser plenamente entendido.  Y aquí aparece otra de las características que determinan su influencia.  Su voluntad de servicio.  Y no puede haber un auténtico buen maestro sin esa voluntad.  Pues el magisterio no consiste en repetir textos, enseñar teorías    –aunque sean sólidamente enseñadas– tampoco en hacer eruditos.  Todos estos son aspectos de la labor de un buen maestro, pero no es ello lo fundamental. Sí lo es poner al discípulo en la vía para hallarse a sí mismo y lograr la plenitud a que todo ser humano debe aspirar dentro del límite de sus capacidades.  Y es esto, sólo esto, lo que hace a un buen maestro, cuya misión es formar hombres, no catálogos de biblioteca.  Y para eso se necesita alguien que, con genuino amor, con ese amor tan mal entendido que se llama “caridad” en la doctrina cristiana, ayude en la tarea –siempre difícil y azarosa– de formarse.  Por eso Varela no sólo adoptó el español en la enseñanza sino que estuvo abierto a la comunicación con los alumnos en todo momento, convirtiendo su cuarto del seminario en lugar de consulta y diálogo con los que estaban a su cargo.  Y esto hecho sin pedantería, sin la pretensión muchas veces desorientadora de ser el más sabio, sino de perseguir humildemente la pequeña parte de la verdad que puede lograr el hombre en el mundo.  Por eso una de las frases suyas que yo más estimo es la que le suscito un joven, cuando estudiando algunas cuestiones escolásticas, le preguntó:  “Maestro, ¿y para qué sirve esto?”. Y Varela escribiría después:  “Me enseñó más con esta pregunta que muchos libros que he leído”.  Sólo un ser superior es capaz de esta confesión.

Pero aun otras cualidades no menos notables tenía el joven profesor.  La más señera, su capacidad e interés por el estudio.  No era Varela hombre propicio a la información de una sola fuente.  Si estaba dentro de sus posibilidades agotaría todas las canteras de información posibles.  Está a ese fin, por hacer, un estudio cuidadoso y bien documentado de todas las obras que consultó, de todos los autores que cita.  Cuando se haga sorprenderá su número.  Y piénsese que esto ocurría en la Habana durante el primer cuarto del siglo XIX, y luego por otro 25 años en Filadelfia y Nueva York.  Hay jóvenes en esta área que debían emprender la tarea de preparar una bibliografía documentada de las citas de Varela.  Y también podría ser tema de una tesis el estudio de los autores citados para indagar cuanto ayudaron estas fuentes al joven profesor en sus tareas.  Porque si bien un maestro no es, ni debe ser, el que repite textos, sí es cierto que no puede serlo bueno el que no está al día en su materia, más si es Filosofía, el “saber principal”, como suele decirse.  Y es que en esto Varela se anticipó en más de un siglo a aquel profesor en Cuba, Alfredo M. Aguayo, que decía que “un maestro debe saber como diez para enseñar como uno”.

Sin embargo, con solo saber, guiar y no rendirse ante ninguna teoría o moda intelectual, no existe y se completa todavía la figura de un maestro.  Para poder ejercer su ministerio requiere algo más y muy importante.  Ha de tener un valor en sí que mueva a la admiración y al seguimiento.  Necesita ser ejemplo.  De devoción, de virtudes, de disciplina.  En fin, lo que la sicología moderna llama poder desempeñar el “role-model”.  En fin, el modelo a imitar para superarse.  Y esto lo logró el padre Varela a plenitud.  Por ello no fue sólo el hombre de teoría, en su torre de marfil, sino el hombre de la comunidad a quien nada de lo que le concernía le fue ajeno.  Eso explica su participación activa y entusiasta en la Sociedad Económica de Amigos del País, cuyas obras educativas tanto bien reportaron a la Habana de entonces.  Y también es signo de esa actitud abierta a toda manifestación cultural el hecho de que promoviera la fundación de la primera Sociedad Filarmónica que hubo en la Habana.  Y debe sospechase –aunque de ello no tengamos testimonios– que en sus conversaciones privadas expresara sus criterios sobre los problemas que preocupaban a la comunidad en que vivía, sobre todo el de la esclavitud, y que fue posiblemente la raíz de su proyecto para abolir la institución que está tan sabiamente pensado.

Como su influencia era cada día más sólida y más extendida no debe sorprender que cuando se volvió a proclamar la Constitución en España en 1820, después de haberse derogado la de 1812 algunos años antes, el Obispo Espada, ya citado, lo conminara a enseñar dicha ley fundamental.  Y se sabe que el joven sacerdote le arguyó que no estaba preparado para ello.  Pero la autoridad eclesiástica insistió y Varela, finalmente, aceptó.  Y así devino el primer profesor de Derecho Constitucional que hubo en Cuba.  Para esa fecha su prestigio estaba tan bien asentado que se cuenta que el día que se inauguró el curso sobre la susodicha Constitución, la sala en que se ofrecía se desbordó de público, no sólo de estudiantes, sino de muchos miembros de la sociedad cubana.  Y fueron tan claras sus explicaciones y tan brillante y renovador su pensamiento que su fama se hizo aun más extensa.  Es natural, el joven profesor reflejaba en sus enseñanzas muchos de los anhelos y preocupaciones de la sociedad en que vivía.  No extraña por eso que, al convocarse las elecciones para Diputado a Cortes, fuese no sólo postulado, sino electo por abrumadora mayoría.  Él precisamente, que nunca había soñado con una carrera política.  Pues únicamente se había limitado a ser un maestro como se debe ser.  Mal podía sospechar él, cuando el hecho ocurrió, que esto daría fin para siempre a su tarea magisterial, tarea que le dio una satisfacción íntima tan profunda que nunca se consoló de haberla dejado atrás por cumplir con su deber.  Pero miento.  Algo debe haber presentido, porque en la carta pública de despedida que dirigió a los habaneros, el 18 de abril de 1821, al marcharse a España a ejercer sus funciones de diputado, dijo, y leo:  “No hay sacrificio:  honor, placer, es todo cuanto se renuncia en obsequio de la Patria”.  Y más adelante –como reviendo lo que pasaría– continúa: “Ya que el árbitro de los destinos, separándome de los mortales, me prepare una mansión funesta en las inmensas olas, ya que los tiranos –repárese en la frase– para oprimir la España ejerzan todo su poder contra el augusto Congreso..., nada importa:  un hijo de la libertad, un alma americana, desconoce el miedo”.

No hay que ser zahorí para descubrir en estas palabras el hondo sentimiento de libertad que latía en el joven sacerdote y recién electo diputado.  Por supuesto, sus premoniciones se cumplieron.  Y Varela con los otros diputados cubanos tuvo que acogerse al exilio en los Estados Unidos en diciembre de 1823.  Nunca más sería profesor. Pero sí un sacerdote ejemplar.

Sin embargo, en los primeros tiempos de su exilio, su nostalgia de la labor profesoral lo acuciaba.  Y renuente a perder contacto con la juventud cubana decidió fundar un periódico político, científico y literario que llamó “El Habanero”.  Solamente siete números se publicaron y adquirieron tanta fama en la isla adonde los enviaba por correo que la censura prohibió su entrada en el país e incluso –según parece– se planeó asesinar a su promotor.  Pero Varela no se arredró.  Y continuó en esa misión hasta que se convenció de la nulidad del esfuerzo.  Lo que sufrió por ello solo podrá aquilartarse plenamente el día que se publique todo su epistolario, tarea que pienso es ineludible.  Pero aun una última prueba quiso dar de su preocupación por la juventud cubana.  Porque más de diez años después, entre 1835 y 1838, publicó sus Cartas a Elpidio, dedicadas a la juventud cubana, simbolizada en el nombre Elpidio que, en griego, significa la esperanza.

Pero desde que canceló la publicación de “El Habanero” su misión se concentró en sus tareas sacerdotales.  En ellas, con devoción y celo ejemplares, ejerció una labor de servicio que fue reconocida ampliamente.  Por eso creo que la Fundación Varela tiene el ineludible deber de publicar todo lo que el sacerdote cubano escribió en esos años  aun un Cuba para reafirmar los valores de su fe cristiana.

Hasta aquí y de modo muy somero he apuntado las cualidades como maestro que distinguieron al Padre Varela.  Deliberadamente no me he referido a sus ideas que serán tema de otra disertación esta tarde.

Pero antes de terminar quiero decir que como resumen de su labor profesoral en Cuba dejó Varela escritos textos memorables.  Son, en rápida enumeración, los siguientes: Instituciones de Filosofía Ecléctica, (1811-1812), Lecciones de Filosofía, (1818), Miscelánea Filosófica, (1819) y Observaciones a la Constitución Política de la Monarquía Española (1821).  Todos estos textos más la colección de “El Habanero” con los proyectos de ley presentados por Varela a las Cortes, como el de la esclavitud, además de otros trabajos teóricos y las Cartas a Elpidio fueron republicados y editados con sumo cuidado por la editorial de la Universidad de la Habana, mucho antes de la Revolución última, gracias al celo, interés y cubanía del profesor Dr. Roberto Agramonte.  Debe recordarse.  

Pero la influencia de Varela no puede medirse sólo por sus libros, con ser esto muy valioso.  Más importante aun es la huella que dejó en los que fueron sus discípulos:  Saco, Luz y Caballero, “El Lugareño”, y tantos más. Por eso pudo decir de él Luz que “era el primero que nos había enseñado a pensar”.  Y yo añadiría que “a ser”, con todo lo que esto significa de dignidad y libertad.

Y la prueba está en lo que estos “fórums” significan, como en todas las actividades que lo recuerdan y veneran.

Nada más.  Muchas gracias.

 

Este trabajo fue presentado por la doctora Rosario Rexach en un Forum que tuvo lugar en Nueva York el 17 de septiembre de 1990.

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